Peligro: Telebasura en verano
El verano es tiempo de descanso, de recuperación de las fuerzas, gastadas por el vaivén del curso. También, como insistimos mucho en el Grupo, el verano es el tiempo para la familia, para estrechar nuestros contactos con padres y hermanos, con abuelos y primos. Finalmente, junto a la familia y el descanso, la naturaleza en todas sus caras (playa o montaña, agua de la piscina, paseo, sol o parque público) se revela como ámbito de paz, tranquilidad, sosiego... un regalo para lograr los objetivos anteriores: descansar y dedicar un poquito más de tiempo a los seres queridos.Pero muchas veces se nos cuela en este paisaje un enemigo aparentemente inapreciable. Un aparatito que inunda el silencio estival con sus programas de ocio, intrascendentes, teóricamente para todos los públicos... Ese enemigo, amigos, es la televisión, que, según los psicólogos, sustituye al diálogo familiar y genera patrones de conducta, especialmente entre mucha gente joven, que, al no tener criterios ni formación, se deja influir por todo lo que le dan, cuanto más digerido, mejor.

Este verano, una vez más, hay numerosos programas cuyos contenidos poco bueno pueden traer a niños y jóvenes, y que el despiste, la comodidad o incluso la desidia de algunos padres puede obviar las consecuencias de los mismos. De estos programas destacan los de cotilleo y sus concomitantes (reportajes de actualidad, sucesos escabrosos, resúmenes de otros programas, provocación, insulto...).
Algunas de las cosas que pueden ver vuestros hijos son las siguientes:
- Personas famosas o, al menos, conocidas, cuyo único mérito social o contribución al bien común es haberse acostado con otro famoso.
- Insultos, palabras malsonantes en platós o escenarios, sin pensar en el auditorio infantil que los está viendo a horas del día "para todos los públicos".
- Faltas flagrantes de educación en los debates, faltas de respeto a las ideas u opiniones de otros, expresadas con desprecio, jaleadas desde un público vociferante y obediente al regidor de turno.
- Publicidad engañosa que promete la inmediata felicidad, la eterna belleza, que nos garantiza "sentirnos deseadas" (¿por quién?, ¿por quiénes?) o ser "supermanes", consumo a granel de cosas inservibles, de aparatos imposibles, de bienestar efímero.
- Malos ejemplos sociales, héroes por un día de la batalla del dinero, del poder o de la belleza, y de la consecución de sus objetivos rápidamente y sin esfuerzo.
Padres y madres: Recordad que los niños españoles ven más de 4 horas diarias de televisión, y a lo largo del año, según datos aparecidos en prensa, un niño normal -quizá vuestro hijo- se habrá "tragado" más de 14.000 escenas de violencia, sexo explícito, agresividad verbal o malos ejemplos sociales. Ahí queda eso.
Creemos que el escultismo ofrece a los niños y jóvenes un marco natural, auténtico y creativo, no para huir, en una aparente intención ilusoria de crear un mundo feliz, una burbuja, sino para crecer con criterio, para identificar lo que es valioso de lo que no lo es, y para que, una vez adultos, vuestros hijos sean buenos ciudadanos, responsables y generosos, tres virtudes que, este verano, no encontraréis en la televisión.
¡Feliz final de verano!


3 Comments:
Ojalá nuestros niños sean conscientes de la ventaja de llevar una vida sana. Gracias a los scouts, lo están consiguiendo...
Marisa.
Yo siempre he vivido en la sociedad de los Pokemons y varias series de esas adictivas. Y una de las cosas que he aprendido que la television, como dijo un Presidente de Irlanda cuando se empezó a retransmitir la televisión allí: “Como la energía nuclear, esto puede ser usado para incalculables bondades pero también puede causar un daño irreparable”. Todos debemos saber utilizarla, pero siempre con moderación.
Por su interés os adjunto el artículo en el Alfa y Omega de esta semana:
Diez preguntas sobre el mundo de la televisión
Televisión, ¿qué eres?
El verano llega a su fin, y, con él, muchas horas frente al televisor. El nuevo curso, en este año en el que, además, se celebran los 50 años de la televisión en España, traerá probablemente muchas más, pues la programación de las cadenas vuelve a su rutina. Sin embargo, pocas veces nos preguntamos acerca de esta realidad que juega un papel tan importante en nuestras vidas. Esto es lo que piensan pedagogos y educadores
¿Puede ser la ficción televisiva un arte, como sucede con el cine?
La ficción televisiva, como la cinematográfica, puede ser, y es deseable que sea, artística. Si bien sabemos, desde Platón, que el arte y la belleza son algo difícil, los espectadores –con contadas excepciones, en razón del mero esparcimiento– deberíamos ofrecernos como espectáculo cinematográfico y televisivo, obras genuinamente artísticas. ¿Es esto hoy realizable, además de deseable? Lo dudo. Porque hemos aceptado que la televisión es justamente lo opuesto: con excepciones, está exclusivamente dedicada al mero esparcimiento.
Philip K. Dick se preguntó: ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? Con esa novela, Ridley Scott hizo Blade Runner, una obra de arte, formal y temática. Me pregunto si nosotros –tras habernos sometido a grandes dosis de sueños televisivos, poblados de ovejas eléctricas– no nos habremos convertido en una especie de androides, ajenos a la dignidad y libertad (también artística) de nuestra condición humana.
Antes que productores y consumidores en una sociedad de mercado masivo, también televisivo, somos personas. Y lo somos antes de ser profesionales del entretenimiento, a ambos lados de la pantalla.
Dice la escritora croata Dubravka Ugesic que hay muy pocas diferencias en las exigencias de criterio que tenían los artistas ingenieros del alma para con el estalinismo soviético y las hoy vigentes en el capitalismo de mercado. Ambos sistemas producen técnicos, profesionales del arte atentos (con terror) a cumplir con las expectativas masivas, entonces del leninismo, ahora del éxito de audiencia en el mercado del entretenimiento. Si la pantalla se llena de ovejas eléctricas, puede ser que artistas y espectadores nos convirtamos en androides, profesionales del entretenimiento. Dejando para otros vivir como personas libres, capaces de concebir y gustar programas realmente artísticos. La ficción televisiva puede ser un arte, si batallamos para que lo sea.
Juan José García-Noblejas
¿Era mejor la televisión que se hacía antes, o sólo nos acordamos de lo bueno? ¿Están la mayoría de los programas condenados al olvido?
La programación televisiva responde a los condicionantes del entorno; por eso no era igual en los años 50 y 60 que en los 70, en los 80, en los 90, o en la actualidad. Las diferencias más evidentes se descubren en el papel de la publicidad: de ser más o menos testimonial en la etapa de la Paleotelevisión (cuando sólo había una televisión pública, en régimen de monopolio), a manifestarse de forma continuada –a veces encubierta– en toda la programación en la actual etapa de la Neotelevisión (en régimen de competencia). La clave es que las televisiones privadas dependen de los ingresos que reciben por publicidad, y, para ello, recurren a cuantos ingredientes consideran atractivos para captar y retener espectadores (algo que ha contaminado a las públicas); la lógica, por tanto, no es responder a inquietudes, a problemas o a carencias de los ciudadanos, sino atrapar el tiempo de las personas (en realidad son consideradas sólo una variable numérica) para mostrar las cualidades de un sin fin de bienes y servicios.
Esto no es incompatible con la producción de programas imaginativos, inteligentes y cautivadores, pero, sin duda, hoy condiciona su materialización mucho más. De ahí que la memoria, siempre selectiva, tienda a ponderar como mejores algunos programas de la primera etapa de TVE, técnicamente rudimentarios, pero quizá con una riqueza creativa y artística que ahora no es posible encontrar. Aun así, siguen apareciendo productos sorprendentes, y ni ellos ni los de antaño se perderán nunca, porque la tecnología necesita de un archivo audiovisual inmenso para seguir comercializando y explotando programas en los sistemas de difusión y recepción emergentes, para su visionado cuando el usuario decida. Nada quedará en el olvido si hay posibilidad de generar un servicio rentable.
Luis Miguel Pedrero Esteban
¿Por qué, teniendo unos ingresos garantizados y de las mayores facturaciones de sus países, la mayoría de las televisiones públicas son deficitarias, si la competencia acumula beneficios?
Son instituciones obsoletas, complejas, burocráticas e ineficientes, con elevados gastos fijos y plantillas sobredimensionadas. En algunos países, son apreciadas y tienen incidencia. En otros, apenas se distinguen de las privadas. Esto y la diversidad de fuentes ponen en duda su necesidad.
El problema de las televisiones públicas es que son un híbrido: tienen subsidios pero compiten en el mercado. Los ingresos por publicidad son un instrumento de competencia desleal, y, con la multiplicación de canales, las tarifas se estancan. La financiación por canon tiene ventajas, como una mayor independencia, pero, en un entorno multicanal de pago, está llamada a desaparecer. ¿Y qué razones hay para que el Estado financie una televisión igual a la privada, al servicio del Gobierno?
Ningún Gobierno ha querido deshacerse de un medio tan influyente. La solución al déficit pasa por los ingresos complementarios, la re-estructuración, el saneamiento y la reducción de plantilla. Aquí topamos con un problema económico, político y social.
Los servicios públicos se crean cuando la iniciativa privada no puede cubrir necesidades fundamentales económicamente inviables. Su finalidad no debe ser la rentabilidad. Sin embargo, cuando la iniciativa privada no asume necesidades que no están cubiertas, el Estado debe hacerlo de forma que no sean deficitarias y presten un servicio.
Si el desarrollo social y de las personas se viera amenazado por la ausencia de determinados contenidos, cabría subvencionar organismos privados. Así sería innecesario mantener las pesadas estructuras de las televisiones públicas. Algunos autores defienden la disociación entre servicio público y titularidad. En un sentido parecido, la Unión Europea ha recomendado la separación contable de la actividad comercial y del servicio público, y el ajuste de los subsidios al coste de éste.
No parece que un solo canal pueda alcanzar los principios de diversidad y pluralismo necesarios. Por el contrario, un número elevado de canales con contenidos y públicos diversos sería un acierto. Los gobernantes podrían centrarse en eliminar barreras de entrada, no en mantener ruinosas televisiones. Finalmente, no parece razonable que la cuota de audiencia condicione la actividad de los canales públicos. La televisión pública puede no ser la más vista, pero debe estar entre las mejores.
Mercedes Medina
¿Cuál es el gancho de la televisión, qué es lo que hace que sea diferente?
En realidad, todo es una cuestión de educación en los usos y hábitos de los medios: habrá quien se sienta enganchado y habrá quien no pueda ver la tele, si lo que se emite no le gusta, y todo depende de la capacidad (adquirida después de ser adiestrada) para mantener un criterio personal sobre una actitud de dejadez o pasividad frente a la pequeña pantalla. A las generaciones nacidas en los años 70, 80 y aun 90, la televisión nos ha resultado un electrodoméstico cotidiano, que algunos padres utilizan como sustitutivo de los juguetes y de la propia atención hacia los hijos, porque exige menos tiempo y sosiega la inquietud infantil. A partir de ahí, la costumbre se impone, y, siempre gracias al impulso de la publicidad (los niños son los mejores clientes: hay que incitarles al consumo cuanto antes…), se potencia esa artificiosa necesidad de ver la tele a casi todas horas. Eso ocurrió en su día con la radio y eso empieza a pasar ahora con otros soportes de comunicación, desde Internet a los videojuegos, sin olvidar los móviles o los reproductores mp3. En definitiva, el problema no es la existencia de un medio, sino la educación en su uso; un ejemplo asimilable es el de los restaurantes de comida rápida: son una opción puntual, pero casi nadie los considera como ideales para la dieta continuada (pese a sus ganchos innegables, sobre todo para ciertos públicos).
Luis Miguel Pedrero Esteban
¿Cuál es el último avance en televisión, y cómo va a influir en el contenido y la calidad?
La TDT ofrece tres ventajas técnicas: una mayor cantidad de canales disponibles, una mejor calidad de sonido e imagen, y la posibilidad de incluir servicios interactivos. La más importante de ellas es la ampliación de la oferta. Auqnue hasta ahora no ha sido así, en teoría, más cantidad de canales debería proporcionar más variedad en el contenido. Es una oportunidad de cambio, aunque para eso hace falta que los operadores de televisión apuesten por ello. La tradición del mercado hasta ahora (por ejemplo, al empezar las cadenas privadas) es que, a pesar de aumentar el número de canales disponibles, la variedad de géneros y programas no ha aumentado. Todos imitan el producto de éxito de la competencia, lo que ha homogeneizado la oferta.
La TDT va a ser también el paso definitivo hacia la especialización de contenidos. Las grandes cadenas, aunque mantendrán los generalistas, tienen canales alternativos temáticos, donde, de momento, reponen contenidos o los emiten en un horario diferente.
Cuando la TDT vaya penetrando más, se extienda la tecnología necesaria y haya un público dispuesto a participar, aumentará la interactividad. Aparte de poder participar en los programas, va a dar lugar a toda una gama de servicios, que serán una fuente de negocio para las cadenas.
La TDT permite un mejor aprovechamiento del espacio radioeléctrico, pero éste sigue siendo limitado, y el sistema de licencias seguirá. No va a haber tanta pluralidad como si hubieras dado un canal a cada operador, porque la publicidad no daría para financiar todo eso. Además, hacer TDT no es necesariamente más barato. Incluso podría ser más caro, porque una mejor calidad exige mejores decorados y vestuarios. Por todo ello, aunque han entrado algunos operadores nuevos, en general va a haber más canales, pero en las mismas manos. Por otro lado, se va a fragmentar la audiencia, y para poder rentabilizar los programas, los operadores van a tener que hacer programas más baratos, sin que eso influya en la calidad del contenido. Se puede hacer contenido con poco presupuesto, depende de la creatividad y del talento, porque, al final, la tecnología está al servicio de las personas.
Enrique Guerrero
¿Quién controla a las televisiones?
Es posible que la polvareda creada por el Consejo Audiovisual de Cataluña (CAC) haya desvirtuado un debate que viene de mucho antes: ¿regulación sancionadora, o autorregulación? Con la autorregulación, se pretende que sean las propias cadenas quienes establezcan sus propios límites, sin la actuación de agentes externos. En diciembre de 2004, las cadenas televisivas nacionales firmaron el Código de Autorregulación sobre Contenidos Televisivos e Infancia, en el que se comprometían a hacer cumplir en sus programaciones una serie de medidas de protección a la infancia. Este Código fue ratificado también por el Gobierno mediante la firma de un Acuerdo. Sin embargo, en el año largo que lleva de vida, el incumplimiento de las normas en él establecidas ha sido continuo. El último informe de la Asociación de Telespectadores y Radioyentes hablaba de 464, entre octubre y noviembre de 2005. Las más frecuentes eran las de promoción de programas no adecuados de otra franja, y la violencia. Más grave todavía: en casi todos los apartados era TVE1, una cadena pública, la que acumulaba mayor número de incumplimientos. Es de desear que la creación de la figura del defensor del telespectador y radioyente, el pasado febrero, contribuya a mejorar esta lamentable situación.
Estos datos han hecho que, tanto ésta como otras asociaciones (por ejemplo, la Federación Ibérica de Telespectadores y Radioyentes, FIATYR), se reafirmaran en su exigencia de que se cree una autoridad audiovisual de ámbito nacional, con potestad sancionadora. El equívoco se encuentra en que las atribuciones que se piden para esta autoridad están relacionadas con los contenidos del Código de Autorregulación (horarios protegidos, publicidad, abuso de la crónica negra, pornografía en abierto, etc), y no tanto con los penales (delitos contra el honor, la intimidad, la propia imagen, y la infancia y juventud), cuya persecución ha de seguir siempre un trámite estrictamente judicial. Como aclaraba doña Maribel Martínez, portavoz de FIATYR, la necesidad de un organismo así no debe confundirse con que «el partido en el poder se pretenda beneficiar políticamente de una institución imprescindible».
María Martínez López
¿Qué mundo nos presentan los informativos?
Don Juan José García-Noblejas defiende que «es primordial considerar las noticias de televisión como lo que son, auténticas ficciones representativas de la vida real». No son la realidad, sino un espejo que, en ocasiones, se puede volver opaco y dejar de reflejarla. García Noblejas enumera siete síndromes:
- Síndrome de Scherezade, la protagonista de Las mil y una noches, obligada a contar cuentos entretenidos sin parar, so pena de morir. Al informador parece pasarle lo mismo. La copia de ideas es constante, y la televisión está al final del ranking de credibilidad.
- Síndrome Jabberwocky, cuando el espectador piensa, como Alicia a través del espejo: «No entiendo casi nada, pero me parece bonito». La televisión tiene una estética que fascina, a veces perversa, pues el ser sustituye al parecer, y se prefiere la verosimilitud a la verdad. Los programas periodísticos cada vez se asimilan más al entretenimiento.
- Síndrome de Humpty-Dumpty, otro personaje de Alicia, un «huevo fatuo e inconsciente de su fragilidad», para quien las palabras significan lo que quiera quien tiene el poder de utilizarlas.
- Síndrome de la Reina Blanca, que invertía el orden natural de los acontecimientos. Los reportajes sólo pueden existir si ya hay un final, por lo que el reportero aparece como omnisciente, sincero y verosímil (no necesariamente veraz).
- Síndrome del Rey Rojo, también de Alicia. Igual que Alicia existe tras el espejo sólo porque el Rey Rojo la sueña, en televisión, una noticia sin imágenes, o no existe, o requiere una auténtica puesta en escena ficticia.
- Síndrome de Werther, el personaje de Goethe, cuyo suicidio ficticio provocó imitaciones en toda Europa. Asimismo, las noticias en televisión, aunque no lo sean, son revestidas de un carácter ejemplar.
- Síndrome del Leviathán: el conjunto de otros síndromes enumerados tiende a producir en el espectador ingenuo el malestar pasivo de quien ha cedido parte de su libertad a un poder irresistible e inapelable.
M.M.L.
¿Qué puede hacer la Iglesia en televisión?
Los próximos días del 11 al 13 de octubre tendrá lugar, en Madrid, un Congreso mundial de televisiones católicas. En las últimas décadas, la relación de la Iglesia con los medios de comunicación ha evolucionado considerablemente. Y uno de los campos de innovación ha sido el de la televisión, dado que es también el campo que más ha evolucionado en este período.
Con el congreso de Madrid, se pretende formentar el conocimiento entre distintas inciativas para «formar parte de un conjunto, ofrecer lo propio y beneficiarse de lo de otros, siguiendo la imagen de la mesa común», como explicaba en una revista a la agencia Zenit doña Leticia Soberón, miembro del Comité Organizativo.
El Congreso también pretende profundizar en «qué significa la catolicidad de una presencia en los medios de comunicación», y «conocer la nueva panorámica que nos abre la tecnología». En este marco, conciliar la lógica evangélica y la comercial «se trata de un desafío», añadió Soberón.
El Congreso de octubre contó, a finales de mayo, con un antecedente: el I Congreso de Televisión Católica Latinoamericano y del Caribe, celebrado en Medellín (Colombia), bajo el lema Comunicadores, discípulos y misioneros de Jesucristo, para que nuestros pueblos en Él tengan vida, que confirmó la necesidad de «crecer en la capacidad de construir mensajes televisivos, respetando sus fines, lógicas, narrativas y lenguajes, con ética y estética, al servicio de la Humanidad; y de identificar las diferentes realidades de los públicos a los que queremos llegar». La «muy buena respuesta» del Congreso, y la «multiplicidad de estilos y carismas», que describe Soberón, demuestran la larga trayectoria recorrida en el continente, y que el desafío puede ser afrontado con éxito.
Poco a poco, van surgiendo cadenas católicas en diversos países. La pionera fue la EWTN; en España, TMT-Popular TV se ha consolidado en los últimos años. Y hay otros ejemplos, que se han enfrentado todavía a mayores dificultades. Es el caso de la canadiense Salt and Light, que tiene que superar, además, las enormes distancias y las diferencias lingüísticas y culturales del país. Esta cadena surgió tras la Jornada Mundial de la Juventud de Toronto, y emite en inglés, francés, italiano, cantonés y, ocasionalmente, español, polaco y alemán. Cuenta, además, con un departamento de documentales sobre temática católica. El Instituto de Medios de Comunicación Juan Pablo II también fue fruto de la Jornada Mundial de la Juventud.
M.M.L.
¿Son compatibles televisión y familia?
La polémica ha saltado en Estados Unidos, Portugal e Italia, donde se están empezando a poner en marcha televisiones para bebés, con programación destinada a mantenerlos tranquilos. A pesar de las protestas de diversas asociaciones, y de que la Academia de Pediatría americana recomienda que los bebés estén lo más alejados posible de la televisión, la Kaiser Family Foundation descubrió, en 2003, que el 68% de los niños menores de dos años ve la televisión a diario. Luego, entre los 4 y los 12 años, los niños pasan ya más tiempo frente al televisor –990 horas– que en el colegio –960 horas–. ¿Debe cundir la alarma? «La televisión no es perversa, pero sí el uso –abuso– que hagamos de ella», afirma a Aceprensa Mercedes Álvarez, autora del libro Cómo sacar partido a la televisión. Y añade: «No es que la televisión sea más perjudicial, sino que su capacidad de transmitir se multiplica en todos los casos».
En el caso de los niños y los jóvenes, que no han terminado su proceso de maduración, y por lo tanto son más influenciables, tiene especial gravedad la transmisión de unos determinados valores e ideas, «hedonistas y egoístas», según Álvarez. Hay que luchar contra la pretensión de que sólo se refleja la sociedad tal como es, pues «la televisión actúa como amplificador de la realidad» y, además, aunque lo fuera, «no es su papel sacar en pantalla todo lo malo que existe en el corazón del hombre». Sin embargo, Mercedes Álvarez no se deja llevar por el pesimismo: «En nuestras cadenas se puede encontrar muchos programas positivos, por lo que es complicado calificarlas globalmente, y además sería injusto». Por ello, su consejo es que «los padres enseñen a los hijos, desde la primera infancia, que la televisión sólo se ve en determinadas ocasiones, y seleccionando los programas».
A este respecto, es importante recordar que el hecho de que un determinado programa tenga buena calidad técnica, eso no implica que el contenido sea de la misma calidad. Y, aunque lo sea, puede no ser adecuado para los niños o adolescentes.
M.M.L.
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