29.1.08

El tesoro de la realidad

Con frecuencia pensamos en cómo debemos instalarnos ante la vida. Y es lógico que, en una sociedad acosada por lo inmediato, desilusionada, sin valores, nos aferremos al optimismo; ese optimismo nos lo recetan por decreto los medios de comunicación, los libros mal llamados de autoayuda, el recurso fácil al sentimentalismo. Otro extremo es no soportar la tentación de que las cosas no salgan como queremos, que las personas más cercanas nos puedan fallar, o que la diferencia entre nuestras expectativas y los hechos nos sumerja en el desánimo. El pesimismo, hermano del optimismo, es otra forma de idealismo, otro modo de encajarse en una realidad que nos supera.

Una persona madura está instalada en la realidad: la conoce, la pondera, no se empasta a ella, la sobrevuela, y hasta la domina. Evita los dos extremos, que son dos tentaciones para no vivir ni dar fruto. Con las alforjas que tenemos, y en la realidad que vivimos, debemos actuar, sembrando, participando, animando, sin perder nunca de vista dónde estamos.

Una de los grandes problemas de la juventud es que nadie les enseña a vivir su realidad, a conocer, saborear y aprovechar de una forma honda y valiosa su propia vida. Lanzados por el consumismo y el placer inmediato a alcanzar lo inalcanzable, se topan de improviso con una realidad que no han sabido intuir: alcoholismo, fracaso escolar, violencia, embarazos no deseados,... y todo, por no haber medido sus fuerzas, por no haber recibido nunca un consejo, por no haberse enfrentado jamás, cara a cara, con su propia identidad, con su propio proyecto de persona, esa que está llamada a ser alguien, sin tutelas de marcas, modas o grupos mediáticos.

Como scouts, os animamos a profundizar en vuestro alrededor. Dios, los demás, la lectura y la naturaleza son los cuatro apoyos que os pueden orientar para descubrir, por vosotros mismos, sin pájaros en la cabeza ni tentaciones autodestructivas, la belleza de la vida, la realidad riquísima de una existencia lograda.